Una idea pochoclera para vender mucho pop-corn.
Acá la idea es dar el batacazo ya dentro de los circuitos establecidos. Estoy hablando de una película de Hollywood o una serie en Fox, algo así. Es que me parece que hay que aprovechar lo que ya hay construido y con mis amigos actores y kunfutecas ya tengo todo.
La mano es una historia muy local en formato universal: pulperías, artes marciales con facón, salamancas y plañideras, luces malas, flashbacks y flashfowards, todo sucede en una Argentina en la que las facciones del bien y el mal se disputan permanentemente… todo. El universo para esto es riquísimo, sólo que nos lo hemos olvidado.
Es como un Martín Fierro con Jet Li donde Jet Li es re criollo, como una peli de misterio francesa donde Pierre se llama Pedro. Entienden la idea. Muy oscuro, peleas brutales, nuestro folclore exagerado y lleno de superpoderes como hacen todos los países con sus folclores.
Capítulo primero.
Un viejo camina por un callejón junto a un enorme muro, coronado con alambre de púa y una garita. Evidentemente es una prisión. El viejo rompe en llanto y suelta una botella que se deshace.
Lo mismo le pasa después al viejo, que cae al piso deshecho, contra el cordón de la vereda. Pasan unos cuantos segundos hasta que un hombre oscuro entra en cuadro y mira al viejo
---
Corta a:
Un gaucho joven, sucio y de pelo renegrido viene a caballo por un camino. Sentado a la vera de la senda, allá lejos, espera otro paisano con bombachas, poncho y pañuelo blancos. Todo blanco, el gaucho ladino este que espera es rubio y de ojos claros.
Cuando el paisano roñoso está acercándosele se ve que lo viene mirando medio ladiau, como que le ha descubierto la intención. Frena el caballo. El gaucho rubiasón que está tocando la guitarra como los dioses a la vera del camino. Las tomas muestran detalles de los dedos, un virtuosismo el del gaucho impecable, sólo que las uñas si las tiene negras.
-Estás rubio hoy –le dice el gaucho roñoso.
El taimado del rubio lo mira con una sonrisa torva. El morocho agrega:
-Y estás todo de blanco…
El gaucho blanco se incorpora despacito y dice:
-Me gusta el blanco… porque se ensucia más fácil.
De pronto y a una velocidad sobrenatural el gaucho oscuro salta del caballo, se enrolla el poncho en una mano, saca un facón y embiste al rubio que ya está más preparado que el Diablo. Solo que… es el Diablo.
La pelea es sorprendente, vuelan por los aires, forman dibujos con los cuchillos en el aire. Tomas en detalle muestran las inscripciones en ambos facones: una Alfa en uno y una Omega en otro.
La pelea se pone cada vea más áspera, hasta que el Diablo Rubio simula soltar el poncho y se lo engancha a la faca del Ángel Roñoso, que es hábil pero joven y el Diablo lo gana por viejo, porque sabe.
En un cruce lo desarma con una coreografía increíble, lo ensarta y lo levanta por los aires. Y lo deja ahí arriba, con el cuchillo clavado y el brazo estirado.
El Ángel tira puñetazos a la cabeza del Diablo a toda velocidad, ensartado y todo. Durante muchos segundos hace eso y sin cambiar el gesto noble le pega hasta irse cansando, con las piñas cada vez más espaciadas y lentas. Hasta que se detiene.
El Diablo tira el cuerpo en el camino, le roba el caballo y ve los jotes picoteando al gaucho tirau.
---
Corta a (relato):
Una altísima y lisa pared termina en un cielo nebuloso, afiebrado. La observo inclinando la cabeza hacia atrás, tanto que lastima mi cuello. Un hombre corre por el medio de la calle. Ni un auto se escucha y un hombre de ropas amplias, pesadas y oscuras pasa a mi lado. Entonces se detiene mirando el muro infinito. Está de espaldas a mi, alto, alto y terrible. Esto duele como haber estado muerto.
Está de espaldas a mi, enfrentado a la pared. Quieto, excepto su cabeza que gira lentamente y aún así hace volar su cabellera. No hay viento, de pronto. Quieto hasta que abre los brazos e imita la posición de mi cuello. Creo que ríe. Hay algo casi en el límite, cerca de la frontera entre el cielo y la pared. Algo pintado sobre ésta.
- ¡Alfa!
¿Quién habló? No fue el hombre... hay otra figura junto a él, fijándose en el mismo punto allá arriba. Apareció de golpe, como si hubiera llegado cuando me distraje buscando la marca en lo alto.
El segundo hombre se da vuelta mientras el otro se dirige calle arriba. Los imagino (¿acaso los imagino?) vistos desde alguna terraza: uno corriendo, el otro mirándome fijo, y yo: tirado contra el cordón de la vereda al otro lado de la calle, de frente a la pared. Sacudo la cabeza y veo sus ojos.
-No se nada –digo, no se por qué.
-¿Qué buscás, anciano? ¿Omega?
Claro que no –pienso, sin saber a que se refiere. Quiero decir, intento pensar. No se cómo llegué aquí. Algunas imágenes, como proyectadas ante mis ojos, me dicen que he estado borracho demasiado tiempo. El hombre me sonríe. Ahora sí pienso: no está burlándose.
Empiezo a incorporarme cuando su pelo gris se estremece sutilmente: ha desenvainado un largo cuchillo. Con un leve movimiento de su muñeca se dibuja en el aire un caracter griego del tamaño de mi pecho. Recuerdo, y es doloroso. Fui profesor de lenguas antiguas. Fui respetado y admirado. Fui un erudito. Fui el primero en saber.
El miedo se evapora, como el alcohol en mi torrente sanguíneo.
Lo veo correr y se a dónde se dirige: el hombre entra en un edificio gris como su cabello. Corre, creo: se mueve tan rápido que apenas se distingue su silueta. La hoja del cuchillo nunca se ve, ni siquiera cuando se detiene y llama en un departamento.
Un muchacho abre y los dos desaparecen detrás de la puerta. Adentro hay algunos monitores resplandeciendo en la oscuridad, incrustados en bibliotecas coloreadas por la luz cálida de las velas y el destello helado de las pantallas.
El hombre pregunta: “¿encontraste algo?”
El muchacho ya había comenzado a responder:
-Repasé varias veces las imágenes –tipea algo en un teclado y señala con un lápiz óptico que parece tallado, hecho a mano- varias veces -repite- y lo que buscamos está en las cortinas.
La habitación que muestra el monitor parece completamente normal. Se ve al primer hombre de la pared. Descubre el suelo de una alfombra antigua y hace una seña a la cámara. Luego duda y pone frente al lente algunos adornos: baratijas. Por último estira las cortinas.
El hombre gris sonríe -entiende- y mira al muchacho. No hay nada entre sus ojos y los del chico de pelo negro, sucio y desordenado. Tampoco hay nada malo detrás de sus miradas. Entonces el hombre deshace el momento y habla.
-Encontramos al viejo.
El chico le alcanza algunas fotografías de la habitación, de la cortina y se reclina en su silla llevando las manos a la nuca.
-El comienzo –dice. Y vuelve a sonreír.
El hombre apoya su mano en el hombro del muchacho y abandona el departamento. Corre, corre por la calle. El otro se le une. Corren. Saben donde encontrarme.
---
Corta a:
Tomas detalle de unos pies zapateando a una velocidad endiablada sobre un piso de tierra. Los golpes del malambo son brutales y el guadal se levanta y llena el aire de polvo.
El plano se abre y se ve una competencia de zapateo en una vieja pulpería. Un paisano está emborrachándose por demás.
De pronto el gaucho blanco entra en el lugar, se acerca al borracho y lo convence de seguirlo afuera…
Y no se cómo sigue ni a dónde, pero me gustaría que entre en juego una salamanca donde se vean las pruebas asquerosas que hay que pasar para entrar.
Estaría bueno también hacer aparecer al duende que tiene una mano de lana y otra de fierro. Te hace una pregunta y si contestás mal te pega con la de fierro y si contestás bien… creo que también.
La mano es una historia muy local en formato universal: pulperías, artes marciales con facón, salamancas y plañideras, luces malas, flashbacks y flashfowards, todo sucede en una Argentina en la que las facciones del bien y el mal se disputan permanentemente… todo. El universo para esto es riquísimo, sólo que nos lo hemos olvidado.
Es como un Martín Fierro con Jet Li donde Jet Li es re criollo, como una peli de misterio francesa donde Pierre se llama Pedro. Entienden la idea. Muy oscuro, peleas brutales, nuestro folclore exagerado y lleno de superpoderes como hacen todos los países con sus folclores.
Capítulo primero.
Un viejo camina por un callejón junto a un enorme muro, coronado con alambre de púa y una garita. Evidentemente es una prisión. El viejo rompe en llanto y suelta una botella que se deshace.
Lo mismo le pasa después al viejo, que cae al piso deshecho, contra el cordón de la vereda. Pasan unos cuantos segundos hasta que un hombre oscuro entra en cuadro y mira al viejo
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Corta a:
Un gaucho joven, sucio y de pelo renegrido viene a caballo por un camino. Sentado a la vera de la senda, allá lejos, espera otro paisano con bombachas, poncho y pañuelo blancos. Todo blanco, el gaucho ladino este que espera es rubio y de ojos claros.
Cuando el paisano roñoso está acercándosele se ve que lo viene mirando medio ladiau, como que le ha descubierto la intención. Frena el caballo. El gaucho rubiasón que está tocando la guitarra como los dioses a la vera del camino. Las tomas muestran detalles de los dedos, un virtuosismo el del gaucho impecable, sólo que las uñas si las tiene negras.
-Estás rubio hoy –le dice el gaucho roñoso.
El taimado del rubio lo mira con una sonrisa torva. El morocho agrega:
-Y estás todo de blanco…
El gaucho blanco se incorpora despacito y dice:
-Me gusta el blanco… porque se ensucia más fácil.
De pronto y a una velocidad sobrenatural el gaucho oscuro salta del caballo, se enrolla el poncho en una mano, saca un facón y embiste al rubio que ya está más preparado que el Diablo. Solo que… es el Diablo.
La pelea es sorprendente, vuelan por los aires, forman dibujos con los cuchillos en el aire. Tomas en detalle muestran las inscripciones en ambos facones: una Alfa en uno y una Omega en otro.
La pelea se pone cada vea más áspera, hasta que el Diablo Rubio simula soltar el poncho y se lo engancha a la faca del Ángel Roñoso, que es hábil pero joven y el Diablo lo gana por viejo, porque sabe.
En un cruce lo desarma con una coreografía increíble, lo ensarta y lo levanta por los aires. Y lo deja ahí arriba, con el cuchillo clavado y el brazo estirado.
El Ángel tira puñetazos a la cabeza del Diablo a toda velocidad, ensartado y todo. Durante muchos segundos hace eso y sin cambiar el gesto noble le pega hasta irse cansando, con las piñas cada vez más espaciadas y lentas. Hasta que se detiene.
El Diablo tira el cuerpo en el camino, le roba el caballo y ve los jotes picoteando al gaucho tirau.
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Corta a (relato):
Una altísima y lisa pared termina en un cielo nebuloso, afiebrado. La observo inclinando la cabeza hacia atrás, tanto que lastima mi cuello. Un hombre corre por el medio de la calle. Ni un auto se escucha y un hombre de ropas amplias, pesadas y oscuras pasa a mi lado. Entonces se detiene mirando el muro infinito. Está de espaldas a mi, alto, alto y terrible. Esto duele como haber estado muerto.
Está de espaldas a mi, enfrentado a la pared. Quieto, excepto su cabeza que gira lentamente y aún así hace volar su cabellera. No hay viento, de pronto. Quieto hasta que abre los brazos e imita la posición de mi cuello. Creo que ríe. Hay algo casi en el límite, cerca de la frontera entre el cielo y la pared. Algo pintado sobre ésta.
- ¡Alfa!
¿Quién habló? No fue el hombre... hay otra figura junto a él, fijándose en el mismo punto allá arriba. Apareció de golpe, como si hubiera llegado cuando me distraje buscando la marca en lo alto.
El segundo hombre se da vuelta mientras el otro se dirige calle arriba. Los imagino (¿acaso los imagino?) vistos desde alguna terraza: uno corriendo, el otro mirándome fijo, y yo: tirado contra el cordón de la vereda al otro lado de la calle, de frente a la pared. Sacudo la cabeza y veo sus ojos.
-No se nada –digo, no se por qué.
-¿Qué buscás, anciano? ¿Omega?
Claro que no –pienso, sin saber a que se refiere. Quiero decir, intento pensar. No se cómo llegué aquí. Algunas imágenes, como proyectadas ante mis ojos, me dicen que he estado borracho demasiado tiempo. El hombre me sonríe. Ahora sí pienso: no está burlándose.
Empiezo a incorporarme cuando su pelo gris se estremece sutilmente: ha desenvainado un largo cuchillo. Con un leve movimiento de su muñeca se dibuja en el aire un caracter griego del tamaño de mi pecho. Recuerdo, y es doloroso. Fui profesor de lenguas antiguas. Fui respetado y admirado. Fui un erudito. Fui el primero en saber.
El miedo se evapora, como el alcohol en mi torrente sanguíneo.
Lo veo correr y se a dónde se dirige: el hombre entra en un edificio gris como su cabello. Corre, creo: se mueve tan rápido que apenas se distingue su silueta. La hoja del cuchillo nunca se ve, ni siquiera cuando se detiene y llama en un departamento.
Un muchacho abre y los dos desaparecen detrás de la puerta. Adentro hay algunos monitores resplandeciendo en la oscuridad, incrustados en bibliotecas coloreadas por la luz cálida de las velas y el destello helado de las pantallas.
El hombre pregunta: “¿encontraste algo?”
El muchacho ya había comenzado a responder:
-Repasé varias veces las imágenes –tipea algo en un teclado y señala con un lápiz óptico que parece tallado, hecho a mano- varias veces -repite- y lo que buscamos está en las cortinas.
La habitación que muestra el monitor parece completamente normal. Se ve al primer hombre de la pared. Descubre el suelo de una alfombra antigua y hace una seña a la cámara. Luego duda y pone frente al lente algunos adornos: baratijas. Por último estira las cortinas.
El hombre gris sonríe -entiende- y mira al muchacho. No hay nada entre sus ojos y los del chico de pelo negro, sucio y desordenado. Tampoco hay nada malo detrás de sus miradas. Entonces el hombre deshace el momento y habla.
-Encontramos al viejo.
El chico le alcanza algunas fotografías de la habitación, de la cortina y se reclina en su silla llevando las manos a la nuca.
-El comienzo –dice. Y vuelve a sonreír.
El hombre apoya su mano en el hombro del muchacho y abandona el departamento. Corre, corre por la calle. El otro se le une. Corren. Saben donde encontrarme.
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El plano se abre y se ve una competencia de zapateo en una vieja pulpería. Un paisano está emborrachándose por demás.
De pronto el gaucho blanco entra en el lugar, se acerca al borracho y lo convence de seguirlo afuera…
Y no se cómo sigue ni a dónde, pero me gustaría que entre en juego una salamanca donde se vean las pruebas asquerosas que hay que pasar para entrar.
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4 Comments:
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